¿Qué es la microbiota?
La microbiota es un ecosistema de microorganismos que habita en el cuerpo humano. Está compuesta por bacterias, hongos, virus, ácaros y parásitos, que conviven en equilibrio y cumplen funciones esenciales para la salud. Para entender su magnitud, vale la pena mencionar que el 90% de las células que hay en el cuerpo pertenecen a la microbiota, solo el 10% son células propiamente humanas; lo que demuestra su enorme influencia.
La microbiota se encuentra en diferentes partes del cuerpo: en la boca, el tracto respiratorio superior, el tracto gastrointestinal (donde cumple funciones especialmente importantes), la piel y la vagina. Aquí es vital entender que no podemos hablar de la microbiota intestinal de manera aislada, sin considerar la microbiota de la boca, la piel o cualquier otra zona. Todas ellas están en constante comunicación, intercambiando señales químicas y modulando la actividad de células y órganos en diferentes partes del cuerpo.
En otras palabras, la microbiota forma una red interconectada que trabaja de manera coordinada para mantener el equilibrio y la salud del organismo.
¿Hay una microbiota más importante que las demás?
Aunque todas las microbiotas del cuerpo cumplen funciones esenciales, la microbiota intestinal es, hasta ahora, la más estudiada y posiblemente la más importante. En el intestino habita una enorme comunidad de microorganismos que actúan como una barrera física y química frente a lo que ingerimos cada día.
Cuando comemos, junto con los alimentos llegan también sustancias y microorganismos que pueden ser dañinos para nuestro organismo. Aquí entra en acción la microbiota intestinal; se puede imaginar como un equipo de recicladores que selecciona lo que sirve y desecha lo que no. Si detecta agentes patógenos —es decir, microorganismos que pueden causar enfermedad—, los ataca directamente y alerta al sistema inmunológico y a las células intestinales para que respondan y los eliminen. Gracias a esto, la microbiota intestinal ayuda a mantener el equilibrio inmunológico, no solo en el intestino, sino también en otros órganos como el pulmón, la piel, el sistema nervioso y el mismo sistema digestivo.
Además, la microbiota intestinal tiene funciones metabólicas y neuroendocrinas. Produce vitaminas esenciales, como la vitamina K, y genera sustancias que actúan sobre el sistema nervioso, influyendo incluso en el estado de ánimo y en la función cerebral. Por eso, cuando la microbiota intestinal se altera, por ejemplo a causa de una mala alimentación, el estrés o el uso excesivo de antibióticos, pueden verse afectados distintos sistemas del cuerpo, demostrando así lo interconectado que está este universo microscópico.
Microbiota cutánea
Otra microbiota que merece especial atención es la microbiota cutánea, es decir, el conjunto de microorganismos que habitan en nuestra piel; ya que, como se mencionó antes, el cuerpo humano tiene muchos más microorganismos que células en la piel, y su función es muy similar a la de la microbiota intestinal.
La microbiota cutánea actúa como una barrera física y química: protege frente a microorganismos dañinos, previene infecciones, ayuda a una adecuada cicatrización y mantiene el pH de la piel en equilibrio. Adicionalmente, produce sustancias que benefician directamente a la piel, favoreciendo su salud y su capacidad de regeneración.
Uno de los aspectos más interesantes de la microbiota cutánea es su influencia en el pH de la piel. No es casualidad que actualmente muchos limpiadores destaquen tener un pH ácido, puesto que la piel funciona de manera óptima cuando se mantiene entre 5.5 y 6. Este equilibrio lo regula, en gran parte, la microbiota, que ayuda a conservar un entorno ácido ideal para que las enzimas cutáneas cumplan sus funciones y la piel mantenga su barrera protectora natural.
¿Qué factores pueden afectar la microbiota?
La composición de la microbiota, tanto intestinal como cutánea, no es estática. Se ve influenciada por numerosos factores intrínsecos y extrínsecos, desde el momento mismo del nacimiento.
Uno de los primeros determinantes es el tipo de parto. Los bebés nacidos por parto natural adquieren una microbiota más diversa y equilibrada que aquellos nacidos por cesárea. De hecho, estudios han demostrado una relación entre el parto por cesárea y una mayor incidencia de dermatitis atópica durante la infancia.
También interviene la genética, que define parte de nuestra predisposición a ciertas enfermedades o condiciones, como la obesidad. Desde el nacimiento, cada persona desarrolla una microbiota única que la caracteriza y esta va cambiando a lo largo de la vida. Durante la pubertad, por ejemplo, el aumento de grasa en la piel modifica el ecosistema microbiano, permitiendo que nuevos microorganismos cumplan funciones específicas. Más adelante, con el paso de los años y la vejez, la piel se vuelve más seca y la microbiota vuelve a transformarse, adaptándose a esas nuevas condiciones.
Factores intrínsecos que afectan la microbiota
El estado nutricional es un factor fundamental, dado que los microorganismos que habitan la piel también se alimentan de ella. Por eso, mantener una nutrición adecuada es esencial para conservar una microbiota equilibrada.
Asimismo, algunas enfermedades no infecciosas, como las inmunológicas, la hipertensión arterial o la diabetes, pueden alterar este ecosistema y afectar su equilibrio natural.
Factores extrínsecos que afectan la microbiota
Entre los factores extrínsecos está:
El medio ambiente: la contaminación y la polución en las grandes ciudades influyen directamente sobre la microbiota. Un estudio realizado en Brasil mostró que las personas que viven en zonas rurales cercanas al Amazonas tienen una microbiota más sana y diversa que quienes habitan en ciudades, evidenciando el impacto del entorno sobre este equilibrio.
El estilo de vida: las personas sedentarias presentan una microbiota diferente a las activas físicamente. Mantener una vida activa favorece su diversidad y estabilidad.
La ropa: usar prendas demasiado ajustadas o permanecer mucho tiempo con ropa húmeda por sudor puede modificar el pH de la piel y alterar la microbiota.
La limpieza: en la vida moderna, sobre todo en las grandes ciudades, se ha vuelto común el exceso de higiene. El uso de jabones muy alcalinos o demasiado agresivos elimina la grasa natural de la piel, altera su pH y debilita la microbiota.
La radiación solar: la exposición excesiva al sol, especialmente sin protector solar, puede afectar de forma negativa la microbiota cutánea.
Los cosméticos: el uso excesivo de cremas, maquillajes o productos faciales, o no retirarlos adecuadamente, genera desequilibrios. Esto permite que algunos microorganismos crezcan más que otros, produciendo desbalance en el ecosistema cutáneo.
¿Qué pasa cuando la microbiota está alterada?
Está comprobado que muchas enfermedades de la piel se asocian con alteraciones en la microbiota cutánea. Entre ellas se encuentran la psoriasis, una enfermedad que causa lesiones en codos y rodillas; la dermatitis atópica, que suele aparecer en niños y se caracteriza por piel seca, picazón intensa y lesiones inflamatorias; el acné; las alergias cutáneas; y la dermatitis seborreica, conocida por provocar una caspa intensa y enrojecimiento.
Cuando la microbiota está desequilibrada, la piel pierde parte de su barrera natural y se vuelve más susceptible a inflamaciones, infecciones y reacciones adversas. Sin embargo, mejorar la microbiota no significa curar por completo estas enfermedades, pero sí ayuda a controlarlas de forma más efectiva.
Hoy en día, el enfoque de los tratamientos ha cambiado. Ya no se trata solo de “tomar una pastilla” o “aplicarse una crema”, sino de un manejo integral que incluye: cuidar la microbiota, mantener una higiene adecuada, adoptar un estilo de vida saludable y llevar una alimentación equilibrada. Cuando estos aspectos se combinan con el tratamiento médico indicado, las enfermedades cutáneas tienden a controlarse mucho mejor y la piel recupera parte de su equilibrio natural.
¿Cómo cuidar la microbiota de la piel?
Una de las estrategias más efectivas para cuidar la microbiota es la alimentación.
Consumir legumbres, verduras y alimentos verdes favorece una microbiota más diversa y saludable. La llamada dieta mediterránea, rica en frutas, vegetales, cereales integrales, frutos secos y grasas saludables (como el aceite de oliva), mejora tanto la microbiota intestinal como la cutánea. Además, se recomienda evitar productos agresivos, hidratar la piel, usar protector solar y mantener hábitos de vida saludables que promuevan su equilibrio.
En síntesis, cuidar la microbiota es cuidar la salud de la piel. Este ecosistema invisible desempeña un papel fundamental en su equilibrio, protección y regeneración. Si notas alteraciones, como irritación, enrojecimiento, picazón o brotes frecuentes, en la Clínica del Campestre contamos con especialistas en dermatología que te brindarán el acompañamiento adecuado y el tratamiento más oportuno para tu caso.